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Se le están acabando las pilas a mi reloj

 

Se le están acabando las pilas a mi reloj

Pensar que hace un par de meses la gente se encontraba en las calles festejando el Carnaval de Barranquilla, donde al único muerto que lloraban era a Joselito y festejaban con una botella bien helada de cerveza y unos cuantos tragos de whiskey, el cuerpo bañado en espuma y maicena, cantando como si fuera un himno “no, no me maten déjenme gozar, mátenme si quieres, después del carnaval”, por donde se metiera había multitud de gente celebrando esta fiesta. Sin importar, que al otro lado de Latinoamérica, las personas estaban afligidas por las muertes en cantidades que un nuevo virus llamado Covid-19 estaba dejando y que cada minuto que transcurría se estaba apoderando de Wuhan,China.


Pasaban los días, y el virus ya se había extendido en varios países, en donde estaba arrasando bruscamente con la salud y la estabilidad emocional de las personas. Cada día las cifras de mortalidad se iban elevando y la línea de la economía bajando.

El momento más tedioso fue cuando se informó que el virus, el cual las personas veían tan lejano o tal vez, creían que el país tenía una capa protectora, ya estaba tocando la puerta o más bien, ya había entrado a Colombia sin haber pedido permiso, y de la manera menos esperada.  


La cuarentena

Aunque ya había escuchado y leído en las noticias el implemento de este proceso en otros países, me alcance a sorprender porque no pensé que en mi ciudad llegaría este virus a atormentarnos y a ocupar el primer lugar en las angustias de las personas. Pero, si fue así, llego a apoderarse del cierre de las esteras de los negocios, de las tiendas, de los centros comerciales, de muchas empresas y hasta de los aeropuertos, que, si hubiese sido el primer lugar cerrado, tal vez el virus no se fuera apoderado de tantas vidas en el país.

En un abrir y cerrar de ojos, los días habían cambiado. Cada mañana al despertarme me veo encerrada en las cuatro paredes de mi habitación, en donde, ya no sé si es de mañana, tarde o tal vez noche. La mayoría de los días no quiero desprenderme de la cama, sino que quiero quedarme enrollada entre las sabanas para intentar olvidar lo que está ocurriendo a las afueras. Con los ojos achinados, entre abierto y medio cerrados, miro hacia dónde está mi reloj y veo como las manecillas cada vez van más lento, como si las pilas se estuvieran agotando. Pero escucho alguna voz, tal vez mi subconsciente que me recuerda las responsabilidades que tengo y me llaman a gritos que no puedo olvidarme de ellas.

¿Clases virtuales? O ¿trabajos en cantidades?

 

Las clases era el pensamiento que más ronda en mi cabeza y no me deja tranquila, porque no quiero atrasarme en ninguna de ellas. Al transcurrir los días, la universidad pasa un comunicado en donde estaría implementando el uso de plataformas para tomar las clases de manera virtual, a través de zoom y teams, pero esto no pintaba tan maravilloso como se veía.

Las alarmas de mi celular volvieron al ruedo. Escuchar desde las 7a.m. el sonido insoportable avisándome que la clase ya se aproxima. Luego de haber timbrado tres veces he decidido levantarme, tras una ardua discusión con la almohada que la tenía pegaba a mi rostro y la sabana dándome calor. He cogido el celular para conectarme a zoom esperando que el profesor asignado saque fuerzas para decirnos “buenos días estudiantes, todo mejorara y nos volveremos a ver pronto” aunque querían darnos tranquilidad, ni ellos mismo la tenía. La incertidumbre se está apoderado de todos. Las clases virtuales están empezando a convertirse en un callejón de muchos trabajos sin salida, en donde, esto significa que tengo que pasar la mayoría de las horas frente al computador haciendo video llamadas con los profesores o en su defecto realizando todas las actividades asignadas.

 

Sé que tal vez, es la mejor forma para no atrasarse en las clases, pero no deja de significar que el virus está arrebatando el aprendizaje de manera presencial y lo está convirtiendo en un caos sin escapatoria.

 

Sacando los trapos del baúl

La inquietud está presente en todos los miembros de mi familia, al no saber hasta cuando estaremos encerrados en las cuatro paredes, pero experimentando de la mejor manera todos estos cambios. En donde, el desayuno de las 7a.m. paso a las 11:30am., el almuerzo paso a las 3:00p.m. y la cena paso a las 8:00 o 9:00 pm. Los temas de conversación que se habían perdido por todo el tiempo que pasábamos ausente por las ocupaciones, las estamos comenzando a rescatado y a hacerlas más alegres y divertidas con juegos de mesa, películas en netflix, que, por cierto, se está convertido en nuestro mejor amigo.

Empezamos a sacar muchos trapos que habíamos perdido en el baúl del olvido, como las rutinas de ejercicios en familia, mientras mi papá y mi mamá hacen rumbea terapia, mis hermanas y yo hacemos rutinas de ejercicios. Las cenas familiares se han convertido en el hobby favorito de todos, cada día queremos sorprendernos en la mesa con platos ingeniados con algunos alimentos que hay en la nevera. Las charlas y experiencias vividas las estamos recordando con una cerveza fría en la mano, el vallenato para complacer a mis papás y una que otra salsa para complacernos todos.

Sin olvidarnos de todo lo que sucede a las afueras de la casa, que, aunque queremos ocultarlo, nos afecta intensamente. El día que a mi madre le toca de ir de comprar, no puedo negar que me da un desespero y una angustia en saber que se está exponiendo a poder contagiarse, pero, lastimosamente toca arriesgarse para poder sobrevivir en la casa. Eso sí, al momento que llega a la casa con la compra, lo primero que hace es parquear el carro, quitarse los zapatos afuera de la casa, entrar para quitarse la ropa e ir al baño, mientras mi papá y mis hermanas, procedemos a limpiar la compra con alcohol, porque, esta mi abuela, una señora de edad, a quien debemos cuidar, pero, la angustia de su rostro cada día se nota más, debido a la incertidumbre al no saber que sucede y por qué no puede salir a sentarse en la terraza como de costumbre, porque entre otras cosas, lastimosamente todo lo que le decimos a diario, en menos de una horas ya se le ha olvidado. La salud de ella, es nuestra mayor preocupación. Por eso, al igual que con las compras, hacemos con cualquier pedido a domicilio que hayamos pedido, porque este método se ha convertido en el mejor aliado, aunque es un poco riesgoso, pero a veces es muy necesario para no salir de nuestras casas.

 

Pero, les confieso que nada ha sido fácil, aunque en conjunto con mi familia estamos haciendo muchas actividades para tratar de olvidar todo lo que sucede a las afueras del hogar, no podemos ignorar, ni mucho menos pasar por alto todo lo que este aislamiento obligatorio ha ocasionado en nuestras vidas. Sin darnos cuenta nos está paralizando sin necesidad de estar infectados, con tan solo alejarnos de nuestros familiares, de nuestros amigos, de todas aquellas personas que de una u otra forma alegraban nuestras vidas.

 

 

Esperando el día que todo termine

 

Es inevitable asomarme al balcón de mi casa, y no escuchar la bocina de los buses recogiendo a los pasajeros, el pito acelerado de los carros que iban tarde hacia el lugar donde se dirigían, las fuertes discusiones entre mototaxistas y taxistas por quien se voló la escuadra, las personas corriendo para llegar temprano a su lugar de trabajo o a la escuela, el perro y el gato haciendo de las suyas con las basuras de las calles.

Pareciera que nos hubiesen metido a la cárcel o tal vez la tierra si se encargó de hacerlo para recuperarse de todas las fuertes y sangrientas heridas que le estábamos ocasionando en su alma. 

 

Solo espero que el día que tanto he soñado en las noches con las lágrimas recorriendo por mi rostro llegue, y pueda ir a la iglesia a darle la gloria a Dios, aunque lastimosamente tenemos que estar en desgracia para adorarlo, en donde Él se merece el primer lugar en nuestras vidas. Pueda sentir el calor de un abrazo de todas aquellas personas que extrañe. Pueda tomar un carro para dirigirme a la playa y en el trascurso del camino ir apreciando la perfección de la naturaleza y en cada suspiro pedirle disculpa por todo el daño causado. Pueda dirigirme a la universidad para ver a mis profesores tomarse su respectivo café contando sus anécdotas del semestre vividas desde la casa, y ver a mis compañeros contentos por estar de vuelta y poder dejar en el pasado a zoom-semestre y teams-semestre, que estarán más aburridos de nosotros de tanto utilizarlo. Pueda salir libremente a las calles sin que un tapabocas, unos guantes y un gel antibacterial sean mis mejores amigos, solamente deseo tenerlos alejados de mí. Porque al final, solo deseo que todo termine de una vez por toda, porque las pilas de mi reloj se están agotando.




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